Acá les acercamos una lectura que les puede ayudar a reflexionar sobre quien piensan que son, es decir, cuál es la visión que tienen de ustedes mismos.

Si les gusta esta historia les pido que nos escriban al blog o al facebook compartiendo las reflexiones que se les disparan a partir del texto

¿Quién me digo que soy?

Esta “extraña” pregunta puede cobrar mucho sentido cuando nos escuchamos a nosotros y a otros definiéndonos u opinando sobre nuestra persona. Si esta opinión nos hace sentir bien, es agradable y estimulante escucharla… pero ¿cuándo nos genera malestar? ¿Qué podemos hacer?

Para responderlo los invitamos a leer esta historia:

Érase una vez un joven que acudió a un sabio en busca de ayuda.

Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo: «Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después…». Y, haciendo una pausa, agregó: «Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar».

E… encantado, maestro -titubeó el joven, sintiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergados.

-Bien -continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió-: Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él.

Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa como para entregarla a cambio de un anillo. Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.

Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado, que fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.

Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.

Entró en la habitación.

-Maestro -dijo-, lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

Eso que has dicho es muy importante, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca: no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar.

El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico:

Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.

-¿Cincuenta y ocho monedas? -exclamó el joven.

-Sí -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente…

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.


Respondiendo a la pregunta “¿Qué podemos hacer cuando la opinión de otro o la nuestra nos genera malestar?”. Si hay algo que es inseparable de la naturaleza humana, es la capacidad de elegir. Por lo que reconociendo esto, se nos abre un abanico ENORME de posibilidades. Algunas de ellas son:

Preguntarme “¿es verdad lo que me digo o es una opinión?” e invitarme a escuchar cómo suena decirme otras cosas que me hagan sentir bien, con cuál opinión obtendré los resultados que deseo?

Reconocer la capacidad/poder de dar autoridad y retirar la autoridad a quienes opinan, dado que podemos elegir a quién escuchar y a quién no para construirnos como las personas que queremos ser.

Escuchar a los otros (que tengan una autoridad formal o se la demos nosotros) y que nos compartan cómo nos ven (en el caso de trabajos, nuestro jefe o el selector es una autoridad; en el caso educativo, nuestros docentes son una autoridad; y así en los diferentes dominios) y poder generar acciones para enriquecernos y construirnos con sus miradas.

Poder escuchar a quienes no les damos la autoridad para ejercitar nuestra capacidad de escucharlo y estar inmune a esos comentarios si no nos suman. (Esto último es muy poderoso, posible y cada vez más fácil al ser ejercitado)

Estas posibilidades nos van a permitir valorarnos, enriquecernos de quienes consideramos que tienen autoridad, desestimar a quienes no nos suma escuchar y conocernos nosotros para poder construir y ser quienes queramos, hacer lo que elijamos y obtener lo que nos propongamos.

Preguntas para reflexionar:

¿Estoy siendo quién quiero ser?

¿Qué necesito ver en mí para saber que soy así?

¿Quién puede ayudarme a ser o seguir siendo de esta manera, aparte de mí?

¿Me comprometo a solicitarle ayuda? Para cuándo?

¿Qué caminos se abren al estar siendo de esa manera?

¿Cuánto estoy dispuesto a jugarme para conseguir mis logros?


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